Vivir Bien

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Por Pablo Solón

El Vivir Bien o Buen Vivir es un concepto en construcción que ha pasado por diferentes momentos en su devenir. No existe una definición única del Vivir Bien y hoy es un término que está en disputa. En la actualidad, existen instituciones del gran capital que también hablan del Vivir Bien y lo hacen en un sentido muy diferente al que se imaginaron sus promotores, hace más de una década, en la pelea contra el neoliberalismo. El Vivir Bien es un espacio de controversia y diálogo donde no existe una sola verdad absoluta. Existen múltiples verdades y también innumerables mentiras que hoy son canonizadas en nombre del Vivir Bien.

El concepto de Vivir Bien o Buen Vivir ha pasado por diferentes fases. Hace tres décadas casi no se hablaba de esta visión en América del Sur. Lo que existía en ese entonces era el suma qamaña (aymara) y el sumaq kawsay (quechua) que expresan un conjunto de ideas centradas en los sistemas de conocimiento, práctica y organización de los pueblos originarios de los Andes de Sudamérica.  El suma qamaña y sumaq kawsay eran realidades vivas de las comunidades andinas que eran objeto de estudio de antropólogos e intelectuales aymaras y quechuas. Durante casi todo el siglo XX, esta visión pasó desapercibida para amplios sectores de la izquierda y organizaciones sociales urbanas.

Tanto el suma qamaña como el sumaq kawsay surgieron hace varios siglos y aún siguen existiendo en comunidades andinas, aunque cada vez más en retroceso por la presión de la modernidad y el desarrollismo. En otros pueblos indígenas de América Latina también existen visiones y términos similares como Teko Kavi y Ñandereko de los guaraní, Shiir Waras de los shuar y el Küme Mongen de los mapuche.

La teorización y surgimiento del concepto del Vivir Bien o Buen vivir empezó a fines del siglo pasado y principios de este siglo. Sin el desarrollo avasallador del neoliberalismo y el “consenso de Washington” quizás el suma qamaña y sumaq kawsay nunca hubieran dado origen al Vivir Bien o el Buen Vivir. El fracaso del socialismo soviético, la ausencia de paradigmas alternativos, el avance de las privatizaciones y la mercantilización de múltiples esferas de la naturaleza, incitaron un proceso de reaprendizaje de las prácticas y visiones indígenas que estaban devaluadas por la modernidad capitalista.

Este proceso de revalorización se dio en la teoría y en los hechos. El despido de decenas de miles de trabajadores por la aplicación de las medidas neoliberales provocó un cambio en las estructuras de clases de los países andinos de Suramérica. En el caso boliviano, los mineros que por casi un siglo fueron la vanguardia de todos los sectores sociales fueron relocalizados y en el escenario cobraron notoriedad los pueblos indígenas y campesinos.

La lucha indígena en defensa de sus territorios generó no sólo la solidaridad sino despertó el interés por comprender esta visión autogestionaria de sus territorios. Sectores de la izquierda e intelectuales progresistas que habían perdido sus propias utopías por la caída del muro de Berlín empezaron a adentrarse en la comprensión de estas cosmovisiones indígenas. Así fue surgiendo el concepto del Vivir Bien y el Buen Vivir. En realidad ambos términos son traducciones incompletas e insuficientes del suma qamaña o sumaq kawsay que tienen un conjunto más complejo de significados como  “vida plena”, “vida dulce”, “vida armoniosa”, “vida sublime”, “vida inclusiva” o “saber vivir”.

El Vivir Bien y el Buen Vivir, como nuevos conceptos, no habían alcanzado su mayoría de edad cuando súbitamente entraron en una nueva fase por el arribo de los gobiernos de Evo Morales en Bolivia (2006) y Rafael Correa en Ecuador (2007). Ambos términos fueron institucionalizados por estos países en las nuevas Constituciones Políticas del Estado y se transformaron en referentes de varias reformas normativas e institucionales. El Vivir Bien pasó a ser parte central del discurso oficial y los planes nacionales de desarrollo, de ambos países, los incorporaron como referentes.

El triunfo de estos conceptos a nivel constitucional impulsó la complementariedad de alternativas con otras visiones como la “jurisprudencia de la Tierra” de Thomas Berry, generando el desarrollo de nuevas propuestas como los derechos de la Madre Tierra y los derechos de la naturaleza, que originalmente no se encontraban presentes en el Vivir Bien. El impacto del Vivir Bien fue tan fuerte que un conjunto de otras alternativas sistémicas como el decrecimiento, los comunes, el eco-socialismo y otras a nivel internacional volcaron su atención sobre esta visión.

Sin embargo, este triunfo constitucional del Vivir Bien fue también el principio de una nueva fase de controversias donde lo central pasó a ser su aplicación concreta en la realidad de ambos países. Esta nueva etapa, que en un principio estuvo acompañada de grandes esperanzas, muy pronto devino en profundas disputas ¿Se está aplicando realmente el Vivir Bien en Bolivia y Ecuador? ¿Estos países avanzan hacia ese objetivo aunque con contradicciones o han perdido la brújula?

La aplicación del Vivir Bien o Buen Vivir que ambos gobiernos pregonan a nivel nacional e internacional llevó a una redefinición del concepto ¿Qué es realmente el Vivir Bien? ¿Es una visión alternativa al extractivismo o es una nueva forma de desarrollismo más humano y amigable con la naturaleza?

Tanto en Bolivia, como en Ecuador, hoy existen diferentes interpretaciones de lo que es el Vivir Bien o Buen Vivir. De manera simplista podemos decir que en la actualidad tenemos una versión oficial y otra contestaría; una rebelde y otra potable, incluso para  instituciones financieras como el Banco Mundial. Con el correr de los años las posiciones y diferencias se han agudizado. Hoy importantes exponentes de antaño del Vivir Bien, en ambos países, afirman que los respectivos gobiernos no practican el Buen Vivir y amplios sectores de la población consideran que estas alternativas se han quedado sólo en el discurso. El Vivir Bien como paradigma en ambos países está en crisis porque ha perdido credibilidad en sus sociedades. Sin embargo, su esencia subsiste y nutre aún procesos de reflexión nacional e internacional.

¿Es realmente posible el Vivir Bien a nivel de un país y una región? ¿Cuáles son los errores cometidos y cuáles las lecciones que debemos recoger de una década de gobiernos del Vivir Bien? ¿Cómo avanzar hacia una práctica que condiga más con los postulados de esta visión?

No sabemos cuál será el futuro del Vivir Bien. Quizás acabe como mera retórica distraccionista o como una nueva forma de conceptualización del desarrollo sostenible. Hoy los gobiernos de Ecuador y Bolivia quieren que el concepto se ajuste a su práctica y no que sus políticas realmente sigan el camino subversivo del Vivir Bien. En la búsqueda de canonizar su visión del Vivir Bien tienen a su favor innumerables medios y la complicidad de instituciones internacionales que han visto que la mejor estrategia para desdibujar esta propuesta es apropiarse de su lenguaje.

En este contexto de controversia, reaprendizaje y futuro incierto es fundamental ir a la esencia de esta propuesta para avanzar en su implementación real.

Los elementos centrales

 

No hay un decálogo del Vivir Bien o el Buen Vivir. Todo intento de definirlo de manera absoluta asfixia esta propuesta en construcción. Lo que podemos hacer es aproximarnos a su esencia. El Buen Vivir no es un conjunto de recetas culturales, sociales, ambientales y económicas, sino una mezcla compleja y dinámica que abarca desde una concepción filosófica del tiempo y el espacio hasta una cosmovisión sobre la relación entre los seres humanos y la naturaleza.

En este texto no pretendemos abarcar todas sus facetas sino centrarnos en aquellas que pueden ser centrales para la construcción teórica y práctica de alternativas sistémicas. Según nuestro criterio, la fortaleza del Vivir Bien en relación a otras alternativas como los comunes, el decrecimiento, el eco-feminismo, la deglobalización, el eco-socialismo y otras, está en los siguientes elementos: 1) su visión del todo o la Pacha, 2) convivir en la multipolaridad, 3) la búsqueda del equilibrio, 4) la complementariedad de diversos y 5) la descolonización.

El “todo” y la Pacha

El punto de partida de toda alternativa de transformación sistémica es su comprensión del todo. ¿Cuál es la totalidad en la que opera el proceso de transformación que deseamos emprender? ¿Podemos operar un cambio profundo sólo a nivel de un país? ¿Podemos tener éxito si nos focalizamos solamente en aspectos económicos, sociales o institucionales? ¿Es el “todo” el sistema capitalista mundial o éste es parte de un todo mayor?

Para el Vivir Bien el “todo” es la Pacha. Este concepto andino muchas veces ha sido traducido simplemente como Tierra. Por eso se habla de Pachamama como la Madre Tierra. Sin embargo, Pacha es un concepto mucho más amplio que comprende la unidad indisoluble de espacio y tiempo. Pacha es el “todo” en movimiento constante, es el cosmos en permanente devenir. Pacha no sólo se refiere al mundo de los humanos, los animales y las plantas, sino también al mundo de arriba (Hanaq Pacha), donde habitan el sol, la luna y las estrellas y el mundo de abajo (Ukhu Pacha), donde viven los muertos y los espíritus. Para el Vivir Bien todo está interconectado y todo forma una unidad.

En este espacio conviven y se interrelacionan de manera dinámica el pasado, el presente y el futuro. La visión andina del tiempo no sigue la mecánica de Newton que afirma que el tiempo es una coordenada independiente del espacio y es una magnitud idéntica para cualquier observador. Por el contrario, ésta cosmovisión nos recuerda la famosa frase de Einstein: “La distinción entre el pasado, el presente y el futuro es sólo una persistente ilusión”. Dentro de la concepción de la Pacha, el pasado siempre está presente y es recreado por el futuro.

Para el Vivir Bien el tiempo y el espacio no son lineales, sino cíclicos. La noción lineal de crecimiento y progreso no son compatibles con ésta visión. El tiempo avanza siguiendo la forma de un espiral. El futuro se entronca con el pasado. En todo avance hay un retorno y todo retorno es un avance. De ahí la expresión aymara de que para caminar hacia delante hay que mirar siempre hacia atrás.

Esta visión del tiempo, en espiral, cuestiona la esencia misma de la noción de “desarrollo” de siempre avanzar hacia un punto superior. Este devenir ascendente es una ficción para el Vivir Bien. Todo avance da vueltas, no hay nada eterno, todo se transforma y es un reencuentro del pasado, el presente y el futuro.

En la Pacha no existe separación entre seres vivos y cuerpos inertes, todos tienen vida. La vida sólo se puede explicar por la relación entre las partes del todo. La dicotomía entre seres con vida y simples objetos no existe. Así mismo, no hay una separación entre seres humanos y naturaleza. Todos somos parte de la naturaleza y la Pacha como un “todo” tiene vida.

Según Josef Esterman, la Pacha:

“no es una máquina o un mecanismo gigante que se organiza y se mueve simplemente por leyes mecánicas, como se ha dicho por los filósofos modernos europeos, especialmente Descartes y sus seguidores. Pacha es más bien un organismo vivo en el que todas las partes están relacionadas entre sí, en constante interdependencia e intercambio. El principio básico de cualquier “desarrollo” debe ser, entonces, la vida (kawsay, qamaña, Jakaña) en su totalidad, no sólo la de los seres humanos o los animales y las plantas, sino de toda la Pacha” (Estermann, 2012a).

El objetivo de los seres humanos no es controlar la naturaleza, sino cuidar de la naturaleza como cuando uno cuida de la madre que le ha dado la vida. Ahí es donde la expresión “Madre Tierra” cobra sentido. La sociedad no puede entenderse sólo en relación con los seres humanos, sino como una comunidad que tiene a la naturaleza y al todo en el centro. Somos la comunidad de la Pacha, la comunidad de un todo indisoluble en permanente proceso de cambio cíclico.

El suma qamaña y el sumaq kawsay son pachacéntricos no antropocéntricos. El reconocimiento y pertenencia al conjunto es la clave para el Vivir Bien. La cosmovisión andina coloca el principio de la “totalidad” en el núcleo de su existencia.

Para el Vivir Bien hay que centrarse en todos los aspectos de la vida. La vida material es sólo un aspecto y no se puede reducir a la acumulación de cosas y objetos. Tenemos que aprender a comer bien, bailar bien, dormir bien, beber bien, a practicar las creencias de uno, trabajar por la comunidad, cuidar la naturaleza, valorar a los ancianos, respetar todo aquello que nos rodea y aprender también a morir, porque la muerte es parte integral del ciclo de la vida. En la forma aymara de pensar, no existe la muerte, tal como se entiende en occidente, donde el cuerpo desaparece en el infierno o en el cielo. Aquí la muerte es sólo un componente más de la vida, porque se vive de nuevo en las montañas o en las profundidades de los lagos o los ríos (Mamani, 2011).

En este sentido, “el todo” tiene una dimensión espiritual, en la cual la concepción del yo, de la comunidad, y de la naturaleza se funden y están vinculadas de forma cíclica en el espacio y el tiempo. Vivir abarcando al “todo” implica vivir con el afecto, el cuidado, la auto-comprensión y la empatía hacia los demás.

Esta cosmovisión tiene una serie de implicaciones concretas. A saber, las políticas favorables son las que toman en cuenta “el todo” y no sólo algunas partes. Actuar sólo en función de los intereses de una parte (humanos, países del norte, élites, acumulación material…) inevitablemente generará desequilibrios en “el todo”. Toda medida debe tratar de entender las múltiples dimensiones e interrelaciones de todas las partes.

Convivir en la multipolaridad

 

Para la visión de Vivir Bien siempre hay una dualidad puesto que todo tiene pares contradictorios. El bien puro no existe, lo bueno y lo malo siempre conviven. Todo es y no es. El individuo y la comunidad son dos polos de una misma unidad. Una persona es gente sólo en tanto trabaja para el bien común de la comunidad a la que pertenece. Sin comunidad no hay individuo y sin seres singulares no existe comunidad. Una persona no es propiamente una persona sin su pareja. La elección de autoridades es de a dos: hombre-mujer, en pareja. Esta bipolaridad o multipolaridad de pares está presente en todo. La polaridad individuo-comunidad está inmersa en la polaridad humanidad-naturaleza. La comunidad está formada no sólo de humanos, sino de no humanos.

Vivir Bien es aprender a convivir en esta dualidad. El reto no es “ser” sino “aprender a interrelacionarse” con las otras partes contradictorias del todo. La existencia no es algo dado sino un concepto relacional.

En las comunidades andinas coexiste la propiedad privada individual con la propiedad comunal. Hay diferencias y tensiones entre miembros de una comunidad. Para manejar esas tensiones se realizan diferentes prácticas culturales orientadas a generar ciertos niveles de redistribución. Esto significa, por ejemplo, que los más ricos pagan la fiesta de toda la comunidad o se hacen cargo de otros actos o servicios que benefician a todos.

También están las distintas prácticas de colaboración dentro la comunidad. En la Mink’a todos hacen trabajo colectivo a favor de la comunidad. En el Ayni unos miembros de la comunidad apoyan a otros miembros y a cambio estos les retribuyen apoyándolos durante la siembra, la cosecha o de otra forma. En las comunidades andinas, los principales hitos no se limitan sólo al individuo o su familia, sino a compartir con toda la comunidad; cuando nace un niño, toda la comunidad celebra; el matrimonio no es sólo la unión de dos personas, sino la unión de dos familias o comunidades.

Las comunidades indígenas a nivel mundial son muy diversas. Varían de región a región y de país a país. Pero a pesar de sus diferencias comparten el sentido de responsabilidad y pertenencia hacia sus comunidades. El peor castigo es ser expulsado de la comunidad, es peor que la muerte, porque es perder su pertenencia, su esencia, su identidad. En contraste con esta práctica indígena, las sociedades occidentales tienden a centrarse en el individuo, en el éxito de la persona, en los derechos del individuo y sobre todo en la protección de su propiedad privada a través de las leyes y las instituciones.

El Vivir Bien no es igualitarista, esa es una quimera porque siempre existen desigualdades y diferencias. La clave no es anular las diferencias sino convivir con ellas, evitar que las desigualdades se agraven y polaricen hasta desestabilizar “el todo”. En el marco de esta visión, lo fundamental es aprender o reaprender a vivir en comunidad respetando la multipolaridad del todo.

El Vivir Bien es un llamado a redefinir lo que entendemos por “bienestar”. Ser rico o pobre es una condición, ser humano es una característica esencial. El Vivir Bien se preocupa menos por el “bienestar” (la condición de la persona), y más por el “bien ser” (la esencia de la persona).

La búsqueda del equilibrio

 

Para el Vivir Bien el objetivo es la búsqueda del equilibrio entre los diferentes elementos que componen el “todo”. Una armonía no sólo entre seres humanos, sino también entre los humanos y la naturaleza, entre lo material y lo espiritual, entre el conocimiento y la sabiduría, entre diversas culturas y entre diferentes identidades y realidades.

El Vivir Bien no es una versión de desarrollo que es simplemente más democrática, no antropocéntrica, holística o humanizante. Ésta cosmovisión no abrazó la noción de progreso de las civilizaciones occidentales. En oposición al crecimiento permanente, persigue el equilibrio. Este equilibrio no es eterno ni permanente, por lo que engendra nuevas contradicciones y desencuentros que requieren de nuevas acciones para re-equilibrarse. Esa es la fuente principal del movimiento, del cambio cíclico en el espacio-tiempo. La búsqueda de la armonía entre los seres humanos y con la Madre Tierra no es la búsqueda de un estado idílico sino la razón de ser del “todo”.

Este equilibrio no se asemeja a la estabilidad que el capitalismo promete alcanzar a través del crecimiento continuo. La estabilidad, al igual que el crecimiento permanente, son quimeras. Tarde o temprano todo crecimiento sin límites genera trastornos severos en la Pacha como lo estamos viendo actualmente en el planeta. El equilibrio siempre es dinámico. El objetivo no es llegar a un equilibrio perfecto sin contradicciones, aquello no existe. Todo se mueve en ciclos, es un punto de llegada y salida para los nuevos desequilibrios, para nuevas y más complejas contradicciones y complementariedades.

Vivir Bien no es alcanzar un paraíso, sino buscar el bienestar y equilibrio dinámico y cambiante del “todo”. Sólo entendiendo el “todo” en sus múltiples componentes y en su devenir es posible contribuir a la búsqueda de nuevos equilibrios y vivir acorde con el Vivir Bien.

Para Josef Estermann, en la visión andina, los seres humanos no son propietarios o productores, sino más bien, “cuidadores” (Arariwa), “cultivadores” y “facilitadores”. La única fuerza estrictamente productiva es la Madre Tierra, la Pachamama, y sus diversos aspectos, tales como el agua, los minerales, los hidrocarburos y la energía en general. Los seres humanos no “producen” o “crean”, sino que cultivan o crían lo que la Pachamama les da (Estermann, 2012b). Los seres humanos son los que ayudan a “dar a luz”[1] a la Madre Tierra (Medina, 2011). El rol de los humanos es ser un puente (chakana), un mediador que contribuye a la búsqueda del equilibrio cultivando con sabiduría lo que nos da la naturaleza. El reto no es ser más o tener más, sino buscar siempre el equilibrio entre las diferentes partes de la comunidad de la Tierra.

Este componente esencial del Vivir Bien tiene grandes implicaciones porque no solamente cuestiona al paradigma dominante del crecimiento sino que promueve una alternativa concreta con la búsqueda del equilibrio. Una sociedad es vigorosa no por su crecimiento sino porque contribuye al equilibrio tanto entre los seres humanos como con la naturaleza. En este proceso, es fundamental superar el concepto de los seres humanos como “productores”, “conquistadores” y “transformadores” de la naturaleza y sustituirlo por el de “cuidadores”, “cultivadores” y “mediadores” de la naturaleza.

La complementariedad de diversos

 

El equilibrio entre contrarios que habitan un todo sólo se puede dar a través de la complementariedad. No anulando al otro, sino complementándose con él. La complementariedad significa ver la diferencia como parte de un todo. El objetivo es cómo entre estas diferentes partes, algunas de las cuales son antagónicas, podemos complementar y completar el “todo”. La diferencia y la particularidad son parte de la naturaleza y la vida. Nunca seremos todos iguales. Lo que debemos hacer es respetar la diversidad y encontrar maneras de articular experiencias, conocimientos y ecosistemas.

El capitalismo opera bajo una dinámica muy diferente. Según la lógica del capital, lo fundamental es la competencia para aumentar la eficiencia. Todo lo que restrinja o limite la competencia es negativo. La competencia hará que cada sector o país se especialice en aquello en lo que es mejor. Al final, cada uno se volverá más eficiente en algo y se incentivará la innovación e incrementará la productividad.

Desde la perspectiva de la complementariedad, la competencia es negativa porque unos vencen y otros pierden desequilibrando el “todo”. La complementariedad busca la optimización mediante la combinación de fuerzas. Cuanto más se articula el uno con el otro, mayor es la resiliencia de cada uno y del “todo”. La complementariedad no es la neutralidad entre opuestos sino el reconocimiento de las posibilidades que brinda la diversidad para equilibrar el todo.

En términos concretos esto significa que en vez de buscar la eficiencia a través de reglas iguales para grupos, sectores o países desiguales, debemos promover reglas asimétricas que favorezcan a los más desaventajados para que surjan todos. El Vivir Bien es el encuentro de la diversidad. “Saber vivir” es practicar pluriculturalidad, es reconocer y aprender de la diferencia sin arrogancia o prejuicio.

Aceptar la diversidad significa que en nuestro mundo hay otras formas de “Buen Vivir”, además de la versión andina, que perviven en la sabiduría, el conocimiento y las prácticas de pueblos que buscan su propia identidad. El Vivir Bien es un concepto plural, tanto por el reconocimiento de la pluriculturalidad humana como por la existencia de la diversidad de ecosistemas en la naturaleza (Gudynas y Acosta, 2014). El Vivir Bien propone un encuentro intercultural entre diferentes culturas. No hay una sola alternativa. Hay múltiples alternativas que se complementan para formar alternativas sistémicas.

El Vivir Bien no es un regreso utópico al pasado, sino el reconocimiento de que en la historia de la humanidad ha habido, existen y habrá otras formas de organización cultural, económica y social que pueden contribuir a superar la actual crisis sistémica en la medida en que se complementen.

La descolonización

 

En la visión del Vivir Bien hay una continua lucha por la descolonización. Hace más de 500 años la conquista española inició un nuevo ciclo. Esa colonización no terminó con los procesos de independencia y constitución de las repúblicas en el siglo XIX, sino que continúa bajo nuevas formas y estructuras de dominación.

Descolonizarse es desmantelar esos sistemas políticos, económicos, sociales, culturales y mentales que aún imperan. La descolonización es un proceso de largo aliento que no se da de una vez y para siempre. Podemos independizarnos de una potencia extranjera y ser más dependientes de su hegemonía económica. Podemos conquistar cierta soberanía económica, y sin embargo, continuar siendo sometidos culturalmente. Podemos ser reconocidos plenamente en nuestra identidad cultural por la Constitución Política del Estado y, sin embargo, continuar prisioneros de una visión consumista occidental. Esta es quizás la parte más difícil del proceso de descolonización: liberar nuestras mentes y almas capturadas por conceptos falsos y ajenos.

Para construir el Vivir Bien debemos descolonizar nuestros territorios y nuestro ser. La descolonización del territorio implica la autogestión y la autodeterminación a todos los niveles. La descolonización del ser es aún más compleja y comprende superar muchas creencias y valores que impiden nuestro reencuentro con la Pacha.

En este contexto, el primer paso para Vivir Bien es ver con nuestros propios ojos, pensar por nosotros mismos y soñar con nuestros propios sueños. Un punto clave de partida es encontrar nuestras raíces, nuestra identidad, nuestra historia y nuestra dignidad. Descolonizarse es reclamar nuestra vida, es recuperar el horizonte. Descolonizarse no es volver al pasado sino dotarle de contenido presente al pasado. Descolonizarse es transformar la memoria en un sujeto histórico. Para Rafael Bautista (2010):

El decurso lineal del tiempo de la física moderna ya no nos sirve; por eso precisamos de una revolución en el pensamiento, como parte del cambio. El pasado no es lo que se deja atrás y el futuro no es lo que viene. Cuanto mayor pasado se hace consciente, mayor posibilidad de generar futuro. El verdadero asunto de la historia no es el pasado en tanto pasado sino el presente, porque el presente es el que tiene siempre necesidad de futuro, y de pasado”.

El Vivir Bien aboga por recuperar el pasado para redimir el futuro, amplificando las voces ignoradas de las comunidades y la Madre Tierra (Rivera, 2010).

La descolonización implica rechazar un statu quo injusto y recuperar nuestra capacidad de mirar con profundidad para no quedarse atrapado por categorías coloniales que limitan nuestra imaginación. Descolonizarse es responder a las injusticias que se cometen contra otros seres (humanos y no humanos), derribar las falsas barreras entre la humanidad y el mundo natural, decir aquello que pensamos en voz alta, superar el miedo a ser diferente, y restaurar el equilibrio dinámico y contradictorio que ha sido roto por un sistema y modo de pensar dominante.

Constitucionalización e Implementación

 

Todo acto de institucionalización y formalización de una cosmovisión siempre conlleva un proceso de descuartizamiento de esa visión. Hay algunos aspectos que se resaltan y otros que se dejan de lado. Algunos significados se destacan y otros se pierden. Al final queda un cuerpo mutilado que puede tener mayor audiencia pero que está incompleto.

Esto ocurrió con el Vivir Bien y el Buen Vivir con los gobiernos de Evo Morales y Rafael Correa. Por primera vez, después de siglos de exclusión, la visión de los pueblos indígenas fue reconocida e incorporada como un elemento clave en las agendas políticas de ambos países. Suma qamaña y sumaq kawsay se convirtieron en puntos centrales de referencia del discurso estatal. Todo empezó a hacerse en su nombre.

El Vivir Bien y el Buen Vivir se incluyeron con diferentes palabras en las nuevas constituciones de ambos países en 2008 y 2009. En el caso de Ecuador, el término “sumak kawsay[2] aparece 5 veces y “Buen Vivir” 23, dando incluso nacimiento a un Capítulo (Derechos del Buen Vivir) y un Título (Régimen del Buen Vivir) en la nueva Carta Magna.

Sin embargo, cuando vemos con detenimiento como está desarrollado este concepto nos encontramos que ha sido plasmado como:

1) Un ideal a alcanzar: “Una nueva forma de convivencia ciudadana, en diversidad y armonía con la naturaleza, para alcanzar el buen vivir, el sumak kawsay”,

2) Una forma de vida: “El Estado promoverá las formas de producción que aseguren el buen vivir de la población…”,

 

3) Un conjunto de derechos, como son: agua y alimentación, ambiente sano, comunicación e información, cultura y ciencia, educación, hábitat, vivienda, salud, trabajo y seguridad social.

4) Un concepto al servicio del cual está el desarrollo y la productividad:

  • “El régimen de desarrollo es el conjunto organizado, sostenible y dinámico de los sistemas económicos, políticos, socio-culturales y ambientales, que garantizan la realización del buen vivir, del sumak kawsay”.

 

  • “Planificar el desarrollo nacional (…) para acceder al buen vivir”.

 

  • “Desarrollar tecnologías e innovaciones que impulsen la producción nacional, eleven la eficiencia y productividad, mejoren la calidad de vida y contribuyan a la realización del buen vivir”.

 

En el caso de la Constitución Plurinacional del Estado de Bolivia, el “Vivir Bien” aparece mencionado siete veces y “suma qamaña” una vez. A diferencia de la versión ecuatoriana de derechos del Buen Vivir, en el texto boliviano se lo desarrolla como un conjunto de principios éticos-morales: “El Estado asume y promueve como principios ético-morales de la sociedad plural: ama qhilla, ama llulla, ama suwa (no seas flojo, no seas mentiroso, ni seas ladrón), suma qamaña (vivir bien), Ñandereko (vida armoniosa), teko kavi (vida buena), ivi maraei (tierra sin mal) y qhapaj ñan (camino o vida noble)”.

Así mismo en la nueva constitución boliviana se lo presenta como un ideal a alcanzar, una forma de vida y también se lo vincula al “desarrollo productivo industrializador de los recursos naturales”.

 

En resumen, en la versión ecuatoriana prima más una visión de derechos y en la boliviana una aproximación más ético-moral. No obstante, en ambas constituciones estos conceptos conviven, se articulan y son instrumentalizados en función de una visión desarrollista y productivista dominante en todo el texto de ambas constituciones.

Sin negar la importancia y las grandes dificultades que hubo en la redacción y aprobación de estas constituciones, es evidente que el Vivir Bien, Buen Vivir y Suma Qamaña perdieron gran parte de su sustancia al ser incorporados en estos textos legales. Se transformaron en términos simbólicos de reconocimiento a los pueblos indígenas andinos antes que en puntos de inflexión para el modelo desarrollista capitalista que siguió vigente bajo el denominativo de “economía plural”.

Pero más allá de su inclusión formal en la constitución, las leyes y planes de desarrollo, es fundamental apreciar qué ha pasado con esta visión durante la última década. ¿Cómo se ha ido implementado? ¿En qué medida se ha concretizado en diferentes aspectos de la vida de estos dos países?

Para responder a estas preguntas veamos lo que ha ocurrido a nivel de la economía, la naturaleza y el fortalecimiento de las comunidades y organizaciones sociales,  protagonistas principales de todo proceso de cambio.

El extractivismo-populista

 

Para los gobiernos de ambos países estamos en la ruta del Vivir Bien a pesar de las dificultades y problemas. La prueba de ello nos dicen que está en las estadísticas de crecimiento del PIB, en la reducción de la pobreza, en el incremento de las reservas internacionales, en el aumento de la inversión pública, en la ampliación de la infraestructura de caminos, salud, educación, telefonía y en muchos otros indicadores.

Las cifras son reales y en algunos casos muy significativas. El PIB ha crecido a un promedio de 4,2% para Ecuador y 5,0% en Bolivia; la pobreza se ha reducido en un 11% en Ecuador y en Bolivia la pobreza extrema ha caído en un 16%. Esto se debe principalmente a un aumento de la inversión pública, que pasó de 4,2% a 15,6% del PIB en el Ecuador y de 14,3% a 19,3% del PIB en Bolivia. Este aumento permitió varios programas sociales,  “bonos”, transferencias de dinero condicionadas como le llama el Banco Mundial, y en ambos países ha disminuido el índice Gini que mide la desigualdad en el ingreso.

Estos logros de la última década se debieron a un incremento de los ingresos del Estado por el boom de los precios de las materias primas y por la renegociación, en algunos casos, de las relaciones contractuales con las empresas transnacionales. En Bolivia la nacionalización de los hidrocarburos no significó la estatización de las empresas extranjeras sino una renegociación de la distribución de las utilidades. En 2005, las ganancias y costos recuperables de las empresas transnacionales del gas eran del 43% y en el 2013 bajaron a sólo un 22%. Esto implicó que el Estado boliviano tuviera ocho veces más ingresos pasando de 673 millones en el 2005 a 5.459 millones de dólares en el 2013. Este incremento en los ingresos del estado permitió un salto en la inversión pública, la otorgación de bonos, el desarrollo de obras de infraestructura, la ampliación de servicios básicos, el incremento de las reservas internacionales y otras medidas.

No hay duda de que para diversos sectores de la población existe una mejora en las condiciones de vida y esto explica el apoyo popular que aún gozan ambos gobiernos. Sin embargo ¿estamos realmente en camino al Vivir Bien?

Hoy los precios de los hidrocarburos y las materias primas han caído por la desaceleración de la economía china, por lo que tanto Ecuador como Bolivia avanzan, a diferente ritmo, hacia una crisis económica. Sus ingresos por exportaciones de materias primas han empezado a caer, las reservas internacionales comienzan a declinar y el endeudamiento externo está de subida. Fábricas que antes fueron estatizadas son cerradas, como es el caso de ENATEX en Bolivia. Tratados de Libre Comercio con la Unión Europea que antes fueron rechazados, hoy son firmados por el presidente Correa. Bolivia pone a la venta 1.000 millones de dólares en bonos en Wall Street y Evo Morales viaja a Nueva York para atraer inversionistas extranjeros.

¿Por qué estamos en esta situación? ¿Simplemente por factores externos o por una inconsecuencia con el Vivir Bien?

Ecuador y Bolivia, al igual que Venezuela, Brasil y Argentina, fueron cautivados por el dinero fácil de las exportaciones de materias primas durante la última década. Si bien en el discurso oficial de Bolivia y Ecuador se decía que el objetivo central era reducir la dependencia de las exportaciones de materias primas, salir de la condición de países mono-exportadores, diversificar la economía, promover la industrialización, incrementar la productividad y agregar valor a lo producido, lo cierto es que, hoy, estas economías  son más dependientes de las exportaciones de materias primas que antes.

La diversificación de la economía no se produjo porque fue más rentable apostar por el extractivismo y la exportación de materias primas. Los gobiernos progresistas querían mostrar resultados inmediatos, con obras y bonos, y la forma más rápida de obtener recursos fue a través de la profundización del camino que tanto se había criticado. Con un discurso, a veces anticapitalista, progresista y del Vivir Bien, se fue promoviendo un reforzamiento de la dependencia de las exportaciones acompañada de algunos mecanismos de redistribución del ingreso que no alteraban la esencia del sistema de acumulación capitalista.

A pesar de los discursos, gran parte de las transnacionales y las oligarquías nacionales siguieron enriqueciéndose y beneficiándose de este modelo extractivista-populista. En el caso ecuatoriano:

“Las principales actividades económicas están concentradas en pocas empresas: el 81% del mercado de las bebidas no alcohólicas está en manos de una empresa; una empresa por igual controla el 62% del mercado de la carne; cinco ingenios (con tan solo tres dueños) controlan el 91% del mercado del azúcar; dos empresas el 92% del mercado del aceite; dos empresas controla en 76% del mercado de los productos de higiene… Las ganancias de los cien grupos más grandes se incrementaron en un 12% entre 2010 y 2011, y se acercan a la astronómica cifra de 36.000 millones de dólares. En este sentido es necesario destacar que las utilidades de los grupos económicos en el período 2007-2011 crecieron en un 50% más que en los cinco años anteriores, es decir durante el período neoliberal” (Acosta, 2014).

En Bolivia la situación es similar. Los beneficios del sistema bancario, que en el año 2006 eran de 80 millones de dólares americanos, pasaron a ser de 283 millones en el 2014. En la actualidad dos empresas trasnacionales (PETROBRAS y REPSOL) manejan el 75% de la producción de gas natural. El propio ministro de Hacienda, en un “llamado a la conciencia” a la empresa privada para que invierta en Bolivia, señaló que sus ganancias pasaron de 900 millones de dólares en el año 2005 a 4.000 millones de dólares en 2014.

En Bolivia no fueron afectados la gran mayoría de terratenientes que existían antes del 2006.  Se impulsó el saneamiento y la titulación de tierras, que favoreció mayoritariamente a indígenas y campesinos, pero no se procedió a desmantelar el poder de los latifundistas. La exportación de soya transgénica, que sólo representaba el 21% del total de las exportaciones de éste producto en el año 2005, pasó a representar el 92% en el 2012.

En la práctica el slogan “queremos socios no patrones” sirvió para  re-articular una nueva alianza del Estado Plurinacional con las viejas oligarquías. La estrategia que se impuso en el gobierno fue pactar con los representantes económicos de la oposición mientras se perseguía a sus líderes políticos.  Una suerte de zanahoria económica y palo político llevó a que muchos sectores de la burguesía, que en un principio estaban en la oposición, pasaran luego a apoyar al gobierno.

Ahora que la época de las vacas gordas ha llegado a su fin, los viejos y nuevos ricos, aliados de estos gobiernos, empiezan a desmarcarse y construir sus propias opciones políticas. La torta de ingresos por las exportaciones se ha achicado y los sectores más poderosos quieren preservar lo más que puedan sus ganancias a costa del Estado y del resto de la población. De ahí, el retorno del neoliberalismo post-populista. Un retorno que no viene sólo desde afuera de los “gobiernos progresistas” sino también desde adentro, ya que los propios gobiernos progresistas empiezan a adoptar criterios de eficiencia y rentabilidad neoliberal cerrando fábricas y recortando el incremento de beneficios, en vez de afectar a los sectores más poderosos de la economía, que se han enriquecido durante la última década.

La crisis económica erosiona la popularidad de los gobiernos progresistas. La derecha, que antes era su aliada, la sabotea desde afuera y desde adentro realizando acciones golpistas como la que vimos en Brasil. Estamos presenciando el fin del ciclo de los gobiernos progresistas y también de este extractivismo-populista que se aplicó en nombre del Vivir Bien.

El maltrato a la naturaleza

 

Uno de los postulados más difundidos del Vivir Bien es el de la armonía, no sólo entre seres humanos, sino también con la naturaleza. En un principio, los gobiernos de Bolivia y Ecuador adquirieron notoriedad porque pusieron énfasis en el discurso de la Madre Tierra. La Constitución ecuatoriana del 2008 reconoció los derechos de la naturaleza. Bolivia consiguió, el año 2009, que se aprobará el Día Internacional de la Madre Tierra en las Naciones Unidas y, a nivel nacional, aprobó la Ley de Derechos de la Madre Tierra en 2010.

Todo parecía apuntar a un cambio en la relación con la naturaleza e incluso había algunas propuestas concretas, como la del Yasuni ITT en el Ecuador, que planteaban dejar la explotación petrolera en esta región a cambio de una compensación económica de la comunidad internacional. Según la iniciativa Yasuní ITT, Ecuador dejaría bajo tierra 856 millones de barriles de petróleo a cambio de 350 millones de dólares anuales. Era la primera vez que un país planteaba romper con el extractivismo para preservar la naturaleza y reducir las emisiones de gases de efecto invernadero.

Sin embargo, la propuesta de Ecuador no consiguió la compensación económica esperada. El año 2013, Rafael Correa dio por terminada la Iniciativa Yasuni ITT y anunció el comienzo de la explotación petrolera en la zona, sin permitir siquiera que se realice una consulta ciudadana al respecto.

La situación de Bolivia también empezó con grandes augurios cuando en el artículo 255 de su nueva constitución se señaló la “prohibición de importación, producción y comercialización de organismos genéticamente modificados”. Sin embargo, el año 2011, se aprobó la Ley N° 144 de la Revolución Productiva Comunitaria Agropecuaria, que en su artículo 15, remplaza la prohibición por un registro y etiquetado de transgénicos: “Todo producto destinado al consumo humano de manera directa o indirecta, que sea, contenga o derive de organismos genéticamente modificados, obligatoriamente deberá estar debidamente identificado e indicar esta condición”. A cinco años de la aprobación de esta ley, ni siquiera el etiquetado de productos genéticamente modificados es una realidad y la producción de soya transgénica para la exportación ha crecido exponencialmente.

Igualmente la protección de parques nacionales y áreas protegidas ha sido puesta en entredicho. El gobierno ha aprobado normativas y proyectos para exploraciones y explotaciones petrolíferas en estas zonas, y ha intentado construir una carretera por el medio del parque nacional del TIPNIS que fue paralizada por el rechazo de pueblos indígenas de la región y la oposición de sectores de la población.

En cuanto a la deforestación, que cada año afecta entre 150.000 y 250.000 hectáreas de bosques nativos en Bolivia para beneficiar sobre todo a la agroindustria, la ganadería y a los loteadores de tierras, el gobierno únicamente ha planteado acabar con la deforestación ilegal para el año 2020 y no se ha comprometido a detener la deforestación para ese año, como lo indica el Objetivo de Desarrollo Sostenible 15.2.

Varios proyectos, mineros, hidroeléctricos, petroleros y de infraestructura, se aprueban e implementan sin verdaderos estudios de impacto ambiental. El gobierno ha pasado incluso a apoyar proyectos de energía nuclear, a pesar de las disposiciones contrarias de la constitución y la ley de Derechos de la Madre Tierra.

Entre el discurso y la realidad, entre la ley y la práctica, existe un gran abismo en ambos países. En la última década no se puede citar ningún ejemplo en Bolivia donde los derechos de la Madre Tierra hayan prevalecido sobre los intereses de extracción, contaminación y depredación de la naturaleza. La ley se ha quedado en el papel y disposiciones como el Defensor de la Madre Tierra, contenidas en la ley de derechos de la Madre Tierra, no se implementan. Como dice Rafael Puente:

“En el fondo parece que la línea fuera: denunciamos al mundo entero el maltrato de la Madre Tierra por parte de todos los países desarrollados, pero nosotros nos reservamos la necesidad de también maltratar a la Madre Tierra un tiempo hasta que logremos un nivel mínimo de desarrollo” (Puente, 2014).

Para Eduardo Gudynas, los gobiernos progresistas “se sienten más cómodos con medidas como las campañas para abandonar el plástico o recambiar los focos de luz, pero se resisten a los controles ambientales sobre inversores o exportadores”. Y concluye “los caudillos, sienten que el ambientalismo es un lujo que sólo se pueden dar los más ricos, y que por eso no es aplicable en América Latina mientras no se supere la pobreza” (Gudynas 2012).

El debilitamiento de la comunidad y las organizaciones sociales

 

La esencia del Vivir Bien está en el fortalecimiento de la comunidad, en la promoción de la complementariedad en contraposición a la competencia y en la búsqueda del equilibrio en oposición al crecimiento desmedido. ¿Cómo hemos avanzado en estos aspectos? ¿Hoy las comunidades indígenas y las organizaciones sociales son más fuertes? ¿Más complementarias entre sí? ¿Las diferencias, jerarquías y privilegios se han reducido? ¿La creatividad de los movimientos sociales se ha multiplicado? ¿Su capacidad propositiva y de recreación de imaginarios alternativos se ha incrementado?

Analicemos el caso boliviano donde el proceso de cambio contó desde un principio con fuertes organizaciones indígenas y sociales. En general, podemos decir que los movimientos sociales y comunidades indígenas se han debilitado en vez de fortalecerse en esta última década.

Lo que ha ocurrido es una suerte de paradoja. Las comunidades indígenas y organizaciones sociales han recibido una serie de bienes materiales, infraestructuras, créditos, bonos y servicios que, en vez de contribuir a su potenciamiento en cuanto a organismos vivos y autogestionarios, los ha debilitado e incluso fragmentado.

Antes del triunfo electoral del Movimiento al Socialismo (MAS), el año 2005, los movimientos sociales en Bolivia tuvieron la capacidad no sólo de revertir o frenar proyectos privatizadores en torno al agua y el gas, sino que además, lograron aglutinar a gran parte de la población detrás de la propuesta de recuperación del territorio, nacionalización de los hidrocarburos y redistribución de la riqueza. En otras palabras, los pueblos indígenas y las organizaciones sociales fueron capaces de construir una alternativa de sociedad frente al neoliberalismo. Hoy, ese dinamismo se ha perdido y, por el contrario, hemos entrado en una fase de reivindicacionismo sectorial, donde cada cual demanda y se moviliza tratando de conseguir, del Estado Plurinacional, lo que más puede en términos de obras, créditos, asignaciones tributarias, bonos y otros.

Los bienes entregados por el gobierno a dirigentes de comunidades indígenas y organizaciones sociales han generado una lógica clientelar y prebendalista. Los movimientos sociales han dejado de ser los protagonistas del cambio y se han transformando en los clientes que van a pedir cosas y obras del gobierno. Cada uno busca mejorar su situación particular a través de la presión sobre el Estado benefactor. Ya no se trata de cambiar Bolivia, sino de sacar la mayor tajada. La perspectiva de proyecto de una nueva sociedad, basada en los valores indígenas, se ha ido perdiendo en la realidad.

Las comunidades indígenas que por siglos resistieron la llamada modernidad de los conquistadores españoles y del capitalismo, hoy, han caído presa de éste espejismo gracias a las prácticas y al discurso de su gobierno indígena que les dice que la meta es crecer, a como dé lugar, a un 5% del PIB por año, en los próximos 15 años. La modernidad del consumo y la eficiencia que antes eran resistidas por las comunidades indígenas, hoy, empiezan a ser asumidas. Proyectos que antes eran rechazados por las organizaciones campesinas, como las mega represas, o que hubieran sido impensables, como un centro nuclear, hoy, son aceptados en nombre de la modernidad. Lo que la conquista, la república y el neoliberalismo no pudieron en siglos, el actual gobierno lo ha logrado en una década: transformar el imaginario de una mayoría de pueblos indígenas. Quizás por eso se ha producido un hecho muy llamativo en el último censo: las personas que se consideran indígenas lejos de aumentar, a pesar de todo el reconocimiento y protección legal del Estado Plurinacional, han disminuido de 62% en 1990 a sólo el 41% en el año 2013.

Un ejemplo de esta expansión de la modernidad capitalista, que orada las comunidades y la visión indígena, es la competencia de alto riesgo del Dakar, que desde el año 2014, pasa por territorio boliviano. El Dakar, que para todo activista humanista, ambientalista y anticapitalista es un evento deplorable, ha llegado al país por gestión directa del presidente del Estado Plurinacional de Bolivia. En 2017, el gobierno pagó 4 millones de dólares a los organizadores de esta competencia para que más de la mitad de su recorrido se dé en Bolivia.

El Dakar no tiene nada que ver con la realidad boliviana ni el Vivir Bien. Es una competencia donde, para participar, se necesitan como mínimo 80.000 dólares y donde los corredores promocionan a grandes empresas transnacionales. El Dakar es una suerte de circo romano de la era decadente de los combustibles fósiles. En cada edición mueren pilotos y espectadores. El deterioro arqueológico y el impacto ambiental  son un flagelo real para la Madre Tierra. El Dakar es un espectáculo colonizante sobre la naturaleza y la conciencia humana. Los cuestionamientos son tan grandes y el costo tan alto que Chile y Perú ya no participan más de esta competencia. Sin embargo, el Dakar sobrevive en América Latina gracias al concurso y apoyo del gobierno indígena y plurinacional de Bolivia.

Las autoridades justifican y ensalzan el Dakar diciendo que es un espectáculo que nos aproxima a la modernidad, que genera un “movimiento económico” de más de cien millones de dólares y que sirve para promocionar Bolivia a nivel turístico. Si el objetivo realmente fuera hacer conocer al país, muy bien, el gobierno podría promover otra clase de eventos basados en nuestras tradiciones culturales como es por ejemplo el Chasqui. Es decir, un evento donde se recorra a pie Bolivia, como lo hacían los antiguos chasquis, compartiendo experiencias, conocimientos de diferentes regiones y pisos ecológicos, buscando la complementariedad entre distintos saberes, incentivando la solidaridad entre participantes y promoviendo los valores del Vivir Bien y el respeto con la naturaleza.

Sin embargo, lo increíble es que no hay ninguna discusión sobre esto al interior del gobierno ni de las organizaciones sociales. Las voces críticas son marginales y no vienen precisamente de los pueblos indígenas que siempre fueron críticos de estas prácticas. Si a alguno de los gobiernos neoliberales se le hubiera ocurrido traer el Dakar a Bolivia seguramente las organizaciones sociales hubieran organizado bloqueos de caminos en algunos de sus tramos, sin embargo, ahora es el gobierno indígena del proceso de cambio el que lo promueve, y eso trastoca totalmente los valores y principios que se defendían por siglos.

Las organizaciones sociales e indígenas también se han erosionado debido a la corrupción. Al haber más recursos disponibles y al involucrar a los dirigentes en la gestión directa de algunos fondos, varios se han corrompido o han acabado siendo cómplices por omisión.

Las organizaciones indígenas, sociales y cívicas, que se han opuesto a políticas del gobierno central, han sido marginadas, relegadas, desgastadas e incluso divididas. La solidaridad indígena, que era antes una práctica natural, se ha quebrado cuando sectores indígenas han sido reprimidos (TIPNIS y Takovo Mora) y el resto de las organizaciones campesinas e indígenas han quedado calladas.

En síntesis, el Vivir Bien ha estado ausente y confinado solamente a discursos.

Es posible el Vivir Bien

 

Si lo que hemos vivido es la aplicación de un modelo extractivista-populista en nombre del Vivir Bien, ¿cuál podría haber sido una implementación práctica más acorde con los principios y la visión del Vivir Bien?  ¿Es posible el Vivir Bien en la realidad de un país? ¿Dónde está el problema? ¿En su inaplicabilidad fuera del ámbito de las comunidades indígenas? ¿En la incomprensión de esta visión? ¿En la falta de maduración aún de esta propuesta?

La respuesta a estas cuestiones no es fácil. A lo largo de esta década, se han hecho una serie de propuestas concretas para su implementación, pero casi todas han sido de carácter parcial, sectorial o específico. No ha habido una propuesta articulada, integral y coherente de medidas para avanzar en la ruta del Vivir Bien en ambos países. Tan sólo planteamientos muy valiosos pero de carácter particular, sin presentar un todo complejo de iniciativas que nos permita transformar la realidad en sus múltiples dimensiones. El cuestionamiento a la mala, contradictoria o no implementación del Vivir Bien no ha estado acompañado de un conjunto holístico de propuestas a diferentes niveles. A la hora de aplicar el Vivir Bien nos hemos olvidado de uno de sus más importantes postulados: la totalidad e integralidad.

Superar el estatismo

 

Un error clave fue creer que el Vivir Bien podía ser plenamente desarrollado desde el poder estatal, cuando en realidad el Vivir Bien es una propuesta que se construye desde la sociedad. La constitucionalización del Vivir Bien y el Buen Vivir ahondaron este espejismo e hicieron pensar que a través de un plan nacional de “desarrollo” desde el Estado se podía avanzar hacia el Vivir Bien cuando en verdad el secreto de esta visión está en el fortalecimiento de la comunidad, en el potenciamiento de su capacidad de complementariedad con otras comunidades y en la autogestión de su territorio.

En el caso boliviano el vicepresidente es el máximo exponente de esta visión estatista que, aplicada a ultranza, representa la antípoda del Vivir Bien. En palabras de Álvaro García Linera:

El Estado es lo único que puede unir a la sociedad, es el que asume la síntesis de la voluntad general y el que planifica el marco estratégico y el primer vagón de la locomotora. El segundo es la inversión privada boliviana; el tercero es la inversión extranjera; el cuarto es la microempresa; el quinto, la economía campesina y el sexto, la economía indígena. Éste es el orden estratégico en el que tiene que estructurarse la economía del país” (García, 2007).

Esta visión, de un Estado todopoderoso que vela por todos, es contraria al Vivir Bien. Es la sociedad la que debe autodeterminarse para contrarrestar la dinámica perversa que todo poder estatal conlleva.

En el caso boliviano siempre se ha hablado de una lucha interna entre los exponentes del “desarrollismo” y los “pachamamistas”, entre los “modernistas” y los del “Vivir Bien”. Sin embargo, es necesario decir que el error de los “pachamamistas” y partidarios del Vivir Bien fue que también éramos profundamente estatistas. Creíamos que, en oposición al neoliberalismo que había desmantelado el Estado, lo fundamental era potenciar más al Estado desconociendo la esencia de la lógica del poder.

Entre los “pachamamistas” y los desarrollistas había una diferencia entorno a la orientación que debía seguir el potenciamiento del Estado. Para el vicepresidente de Bolivia el objetivo fundamental era encaminar nuestras fuerzas “a la puesta en marcha de un nuevo modelo económico que he denominado, provisoriamente, ‘capitalismo andino-amazónico’. Es decir, la construcción de un Estado fuerte, que regule la expansión de la economía industrial, extraiga sus excedentes y los transfiera al ámbito comunitario para potenciar formas de auto-organización y de desarrollo mercantil propiamente andino y amazónico” (García, 2007).

La discusión con esta propuesta se centró en el concepto de “capitalismo andino-amazónico” pero no en la concepción de Estado. Eran los tiempos de la “nacionalización de los hidrocarburos” y todo lo que apuntaba al fortalecimiento del Estado parecía correcto. Las diferencias eran más entorno a para qué un Estado fuerte: ¿para construir el Vivir Bien o para desarrollar una nueva fase de construcción capitalista?

El rol del Estado en la construcción del Vivir Bien no puede ni debe ser el de organizador y planificador de toda la sociedad. El Estado debe ser un factor más que contribuya al empoderamiento de las comunidades y organizaciones sociales a través de prácticas no clientelares. Esto quiere decir que antes de regalar a las comunidades y organizaciones sociales bienes materiales como vehículos, sedes sindicales o canchas deportivas es necesario impulsarlas para que se informen, conozcan, analicen, debatan, cuestionen, construyan políticas públicas y en muchos casos las ejecuten sin esperar la luz verde del Estado. El suma qamaña y el sumaq kawsay pervivieron durante siglos en lucha contra el estado inca, colonial, republicano, nacionalista y neoliberal. Eran visiones y prácticas comunitarias que se daban a pesar y sin el reconocimiento de los poderes establecidos en cada una de esas épocas. Al “estatizar” el Vivir Bien se empezó a horadar su poder autogestionario e interpelador.

Normalmente, para la izquierda marxista, el objetivo es la toma del poder para cambiar la sociedad. Se trata de capturar y transformar el estado para, desde arriba cambiarla. En cambio, la experiencia de esta última década, de gobiernos “progresistas”, nos muestra que para el Vivir Bien la toma del poder debería ser sólo un paso adelante para ahondar aún más el proceso de emancipación y autodeterminación desde abajo, cuestionando y subvirtiendo todas las estructuras coloniales que persisten, incluso en las nuevas formas estatales que surgen del proceso de cambio.

Potenciar lo local y comunitario

 

Pensar en términos del todo requiere no colocar a la economía como el centro de la construcción de una nueva sociedad. Lo que hemos visto en los últimos años es una obsesión de los gobiernos del Vivir Bien para crecer en términos del PIB, que mide solamente la parte de la economía que se mercantiliza; es decir, aquella producción de bienes y servicios que ingresan al mercado capitalista, así destruyan naturaleza y seres humanos.

En vez del crecimiento de la economía para el mercado capitalista los esfuerzos debieron estar orientados a promover la recuperación del equilibrio a todos los niveles. Una búsqueda del equilibrio entre diferentes sectores de la economía y la sociedad que no se puede dar sin atacar las causas estructurales de la desigualdad.

La actual desigualdad lacerante no se puede resolver a través de bonos, bolsas familias o transferencias de dinero a los sectores más pobres. La redistribución no puede limitarse a la reasignación de la fracción del ingreso que no es apropiada por los sectores económicos más poderosos. La búsqueda de la igualdad entre los seres humanos no puede reducirse a programas asistencialistas mientras los grandes terratenientes, las empresas extractivas y los grandes banqueros continúan acumulando cuantiosas ganancias.

La experiencia de esta última década, en Bolivia, muestra que las empresas transnacionales y las oligarquías internas, obligadas por la presión social, pueden aceptar una redistribución del ingreso para no perder todas sus utilidades. Sin embargo,  cuando la bonanza de precios internacionales llega a su fin, y afecta sus bolsillos, despliegan todo tipo de acciones para desplazar a  los “progresistas” del gobierno y aplicar las políticas neoliberales más salvajes.

No es posible modificar sustancialmente la redistribución de la riqueza sin alterar sustancialmente el poder de los poderosos. Lo que se hizo fue renegociar contratos con las transnacionales, estatizar algunas empresas y tratar de llevarse bien con la banca, los agroindustriales, algunos sectores empresariales y buscar atraer inversión extranjera para que invierta de manera “justa”.

Este modelo -donde en primer lugar está el Estado, en segundo lugar la inversión privada nacional, en tercer lugar la inversión extranjera, en cuarto lugar la microempresa, en quinto lugar la economía campesina y en último lugar la economía indígena- fracasó. La llamada “economía plural” fue un engaño porque aparentaba que todos iban a ser reconocidos y estar en igualdad de condiciones cuando en realidad sobrevivía una estructura jerárquica y piramidal en la que el Estado incrementaba sustantivamente la inversión pública mientras el sector privado (nacional y extranjero) solo cosechaba ganancias sin reinvertir, y el sector micro empresarial, campesino e indígena quedaba relegado beneficiándose de algunos programas asistencialistas.

¿A dónde había que apuntar? A que el centro de la nueva economía sea precisamente la economía campesina, indígena y de pequeñas economías locales. A que realmente se redistribuya la riqueza concentrada en manos de los sectores financieros, extractivistas y agroindustriales. Para ello era fundamental revertir y redistribuir la gran propiedad terrateniente, regular más efectivamente y estatizar gradualmente a la banca privada, aprovechar más eficientemente los recursos del sector extractivista para promover proyectos que nos permitan salir del extractivismo, y promover el potenciamiento de las economías locales, comunitarias, de pequeños y micro empresarios a través del fortalecimiento de su capacidad autogestionaria y de  complementariedad.

El verdadero potencial de países como Bolivia está en la agroecología, en la agroforestería, en el fortalecimiento de la soberanía alimentaria a partir de las comunidades indígenas y campesinas. En esta perspectiva, el rol fundamental del Estado no debe ser crear desde arriba empresas comunitarias sino potenciar las redes de producción, intercambio, crédito, conocimientos tradicionales e innovación desde lo local y con la activa participación de los actores locales. Lo que primó no fue fortalecer el tejido social comunitario sino hacer obras llamativas y vistosas para mostrar impacto inmediato. La producción ecológica, libre de transgénicos, quedó para los discursos y en los hechos el consumo de agro-tóxicos y glifosato fue incrementándose en el país durante la última década.

La promoción de mega proyectos de infraestructura, mega represas, centros de investigación nuclear es parte de un modelo de desarrollo capitalista obsoleto del siglo pasado.  Lejos de buscar transitar por esa “modernidad” que empieza a ser abandonada por los propios países del norte, es necesario saltar etapas y aprovechar los últimos adelantos de la ciencia desde una perspectiva comunitaria, social y no privatista. Esto significa apostar a la energía solar y eólica comunitaria, familiar y municipal para transformar a los bolivianos de meros consumidores de energía eléctrica a productores de electricidad.

El empoderamiento de las comunidades debe darse aprovechando las prácticas y saberes ancestrales y combinando estos con los últimos adelantos tecnológicos, siempre y cuando, estos contribuyan a restablecer el equilibrio con la naturaleza y fortalezcan a las comunidades humanas. Las energías renovables no son por si mismas una solución a la crisis sistémica ya que también pueden ser utilizadas para desplazar poblaciones, acaparar recursos y reconfigurar el capitalismo.

La experiencia de la última década muestra claramente que sólo se puede alcanzar una economía plural si se supera la dominación del capital. Esto pasa no por hacer discursos anticapitalistas sino por tomar medidas efectivas contra el capital financiero que es la columna vertebral del capitalismo. Si no se asumen medidas para desmontar el gran capital siempre los otros componentes de la economía plural serán marginados y relegados.

Colocar la producción local y comunitaria en el centro no significa abandonar o dejar de lado empresas estatales y servicios públicos que por sus características pueden ser mejor gestionados y provistos a nivel estatal y nacional. Ese es el caso por ejemplo de la banca o de servicios públicos esenciales como la educación, la salud y las telecomunicaciones que deben tener un carácter universal. Sin embargo, estas empresas estatales y servicios públicos deben contar con mecanismos efectivos de participación ciudadana para evitar su burocratización, corrupción y adecuarse a las realidades que vive cada región.

Siempre hemos criticado la frase de “exportar o morir” que acuñaron los gobiernos neoliberales. Sin embargo, los gobiernos “progresistas” han caído en la misma dinámica. La producción que privilegian es aquella que trae divisas, por eso permiten a los grandes agroindustriales exportar soya transgénicas o aceptan un tratado de libre comercio con la Unión Europea para favorecer a los exportadores de banano.

En el marco del Vivir Bien, el objetivo es generar más resiliencia de las economías locales y nacionales frente a los vaivenes y la crisis de la económica mundial. No se trata de dejar de exportar, sino de que la economía no gire en torno a la exportación de un puñado de productos. Ser más soberanos fortaleciendo las comunidades humanas locales y los ecosistemas de la Tierra.

Los acuerdos de libre comercio tienen una lógica distinta. Ponen a competir, como si fueran iguales, a países, sectores y empresas absolutamente desiguales. En estas condiciones los vencedores siempre serán las empresas transnacionales, los grandes agroindustriales y los sectores más poderosos del capital financiero. Las reglas de libre comercio de la Organización Mundial del Comercio, los tratados de libre comercio regional y bilateral socavan la posibilidad de la construcción del Vivir Bien porque privilegian a las grandes corporaciones en desmedro del pequeño productor.

La experiencia de la última década nos muestra que no es suficiente rechazar los tratados de libre comercio o incluso revertirlos, sino que es necesario avanzar en  la implementación de medidas de control del comercio exterior y del contrabando. Sin la aplicación de este tipo de medidas, la competencia de la gran producción y el contrabando acabarán perforando las economías locales, comunitarias y nacionales, tal cual lo estamos viendo en los llamados gobiernos progresistas.

La plena sustitución de importaciones dentro de un país no es posible en la actual economía mundial. Las economías pequeñas siempre serán más dependientes de las importaciones. Por ello, es muy importante regularlas para que las divisas no se orienten a un consumismo dispendioso y por el contrario se dirijan a elementos esenciales para el fortalecimiento de las economías locales.

Este objetivo no es alcanzable sólo a través de mecanismos de control del comercio exterior sino a través de la promoción efectiva de patrones culturales de consumo sostenible. Durante los gobiernos progresistas se mejoró el ingreso de sectores de la población pero se continuó con las mismas prácticas de consumo y desperdicio de las sociedades capitalistas.

Ser naturaleza

 

El lema de “sembrar el petróleo” (promover más extractivismo para diversificar la economía) que acuñó el presidente Correa es un espejismo. Así como no se puede superar el alcoholismo injiriendo más alcohol, tampoco se puede superar el extractivismo promoviendo más actividades extractivas.

En países capitalistas dependientes, como Bolivia y Ecuador, la lucha contra el extractivismo se torna en extremo difícil por la articulación de la lógica del capital y la lógica del poder. El extractivismo es la vía más rápida para obtener dólares y éste es esencial para mantenerse en el poder. Así el extractivismo crea una adicción perversa que socava los esfuerzos de diversificación de la economía y construcción del Vivir Bien. Hoy, en Bolivia, todos son más adictos a la renta que proviene de los hidrocarburos: gobierno central, gobernaciones, municipios, universidades, fuerzas armadas, dirigencias indígenas y población en general.

Para romper con ésta adicción es necesario reconocer primero su existencia. En el caso boliviano, si una fracción de los miles de millones de dólares de los fondos públicos que se están invirtiendo en exploraciones petrolíferas y gasíferas se invirtiera en energía solar y eólica comunitaria se podría satisfacer toda la demanda nacional.

Lo mismo se puede decir en relación a la deforestación ya que en vez de hacer planes de reforestación que son extremadamente costosos, morosos y de resultados inciertos que jamás compensarán la riqueza y biodiversidad de los bosques nativos destruidos, lo que habría que hacer es aprender de las comunidades indígenas que conviven con la selva, y promover iniciativas de agroforestería. El argumento de que sin deforestación no se puede garantizar la seguridad alimentaria de la población boliviana es falso. Desde el 2001, según datos oficiales, se han deforestado más de 8,6 millones de hectáreas y toda la superficie cultivada del país ha crecido a sólo 3,5 millones de hectáreas, de las cuales 1,9 millones de hectáreas corresponden a la agricultura industrial que incluye mayoritariamente la soya para la exportación que abarca 1,2 millones de hectáreas.

La razón por la cual los derechos de la naturaleza se han quedado hasta ahora en el papel es porque los gobiernos progresistas no quieren que existan instancias que de manera efectiva limiten sus proyectos extractivistas. Los derechos de la naturaleza y la Madre Tierra requieren de mecanismos autónomos y regulaciones para frenar y sancionar las violaciones constantes que se cometen contra los ecosistemas, y sobre todo para promover la restauración y recuperación de aquellas áreas que han sido afectadas.

La nacionalización de recursos naturales, como el petróleo, no implica que puedan ser explotados hasta la última gota.  La propiedad del Estado sobre industrias contaminantes o consumistas no las convierte en empresas limpias y sostenibles. La experiencia de la última década enseña que no es suficiente nacionalizar o estatizar las minas y pozos petrolíferos sino que es necesario transformarlos y remplazarlos por otros medios de producción que permitan el florecimiento de eco-sociedades más justas y equitativas.

Cómo lo dice el Acuerdo de los Pueblos, que fue redactado y aprobado en la primera Conferencia Mundial de los Pueblos sobre el Cambio Climático y los Derechos de la Madre Tierra en el 2010, no sólo se trata de superar el capitalismo sino también el productivismo:

“La experiencia soviética nos demostró que era posible, con otras relaciones de propiedad, un régimen productivo tan depredador y devastador de las condiciones que hacen posible la vida como el capitalismo. Las alternativas tienen que conducirnos a una profunda transformación civilizatoria sin la cual no sería posible la continuidad de la vida en el planeta tierra. La humanidad está frente a una gran disyuntiva: continuar por el camino del capitalismo, del patriarcado, del progreso y la muerte, o emprender el camino de la armonía con la naturaleza y el respeto a la vida” (Acuerdo de los Pueblos, 2010).

Plena diversidad cultural

 

Una de las más grandes fortalezas de los cambios que se han operado durante los gobiernos progresistas tiene que ver con el reconocimiento de la diversidad cultural. En el caso boliviano, el concepto de Estado Plurinacional es un logro que, aplicado a realidades de otros países, puede ayudar a la coexistencia de diferentes nacionalidades y naciones dentro de un mismo territorio. Así mismo, son avances muy importantes el reconocimiento de idiomas nativos, la exigencia de que los funcionarios públicos hablen dos idiomas (el castellano y un idioma originario), el reconocimiento de las autonomías indígenas y la justicia indígena originaria y campesina.

Sin embargo, muchos de estos postulados se han quedado sólo en la constitución y las leyes y en la realidad se vive un gran problema en su implementación. En Bolivia el reconocimiento de los municipios y territorios indígenas ha sido caracterizado como “una carrera de obstáculos”. Desde el gobierno central indígena no ha habido una política efectiva para incentivar y acelerar la constitución de autonomías indígenas, con autogobierno, democracia comunitaria sin partidos políticos y con derecho a ser consultados para la explotación de recursos naturales en sus territorios.

El derecho indígena ha sido reconocido pero relegado y constreñido a las comunidades,  dando supremacía en los hechos a la justicia ordinaria, y desconociendo el gran aporte que podría tener para el establecimiento de una justicia más ágil, gratuita, respetuosa con la naturaleza y que busque la resolución de conflictos a través de un consenso participativo.

Despatriarcalización

 

En términos constitucionales y legales ha habido importantes avances en cuanto a la equidad de género y la participación de las mujeres a nivel gubernamental y parlamentario. Existen un conjunto de normas que se han aprobado sobre el derecho de las mujeres a la tierra, la igualdad de oportunidades, la violencia contra las mujeres, la lactancia materna, la salud para las mujeres, la inamovilidad laboral de la madre, la jubilación y otras que son un avance a nivel jurídico. La cantidad de parlamentarias, concejales municipales, ministras y autoridades gubernamentales mujeres en Bolivia está entre las más altas a nivel mundial.

Sin embargo, Bolivia está lejos de la despatriarcalización y contradictoriamente se han reforzado una serie de prácticas e imaginarios machistas a partir de expresiones, chistes y valoraciones que se difunden desde el núcleo central del gobierno que sigue siendo conformado esencialmente por hombres.

El orden patriarcal asentado en las estructuras familiares, comunales y estatales sobrevive y se reproduce de múltiples formas que a veces pasan desapercibidas. Las bromas y comentarios machistas de autoridades jerárquicas no son respondidas por ministras y parlamentarias, y por el contrario son a veces justificadas. La mayor presencia de mujeres en cargos políticos no se ha traducido en acciones que apunten a la desestructuración de las relaciones de poder que reproducen la subordinación y opresión de  las mujeres. Los estereotipos discriminatorios y los patrones culturales perviven y son alimentados por la conducta de los más poderosos varones.

El modelo de producción y  redistribución de  la riqueza en desmedro de las mujeres, el rol de hombres y mujeres en el trabajo del hogar, la separación entre la vida pública y privada no han sido afectados sustancialmente. El ejercicio de la autonomía de las mujeres sobre sus propios cuerpos y su derecho a decidir permanecen coartados, y la violencia contra las mujeres y los feminicidios siguen siendo una realidad de todos los días.

En su concepción originaria, el Vivir Bien no hizo énfasis en el tema de la despatriarcalización a nivel de la familia, la sociedad y el Estado. Sin embargo, queda claro que este componente es esencial para avanzar hacia una sociedad de equilibrio entre todos los seres humanos y con la naturaleza.

Democracia real

 

El Vivir Bien postula el respeto, equilibrio y complementariedad entre las diferentes partes del todo. Sin embargo, lo que hemos visto en los gobiernos progresistas ha sido un intento de copar y controlar a los otros poderes desde el Ejecutivo. La derrota de las expresiones más recalcitrantes de la derecha neoliberal no se ha traducido en el relanzamiento de una democracia vigorosa donde los parlamentarios propongan, fiscalicen y adopten normas a partir de criterios propios o de sus mandantes. Lo que hemos visto es la sustitución de la democracia neoliberal por una democracia de levanta-manos que sólo siguen las instrucciones del gobierno central.

En el caso boliviano, el Ejecutivo se ha dado modos y mañas para controlar a los órganos principales de la justicia haciendo que propuestas tan novedosas como la elección de los magistrados de los órganos más importantes quede desvalorizada y desprestigiada. Así mismo, la participación y control social, establecidos en la nueva Constitución de Bolivia, se han quedado en el papel.

Sin una democracia real y efectiva no es posible avanzar en la autogestión, la autodeterminación y en el potenciamiento de las comunidades y organizaciones sociales, que son esenciales para el Vivir Bien. El ejercicio de la democracia entraña limitar el poder de los poderosos y del propio Estado. Si el gobierno central instrumentaliza la participación popular, copta a las organizaciones sociales y controla los diferentes poderes del Estado, se inviabiliza la construcción de una democracia real. Ésta democracia es una pieza clave en la construcción del Vivir Bien, a nivel de un país o una región, porque todo gobierno y pueblo van a cometer errores en la construcción de una nueva eco-sociedad, y la única forma de detectarlos, corregirlos y re-imaginar nuevos caminos es con el concurso de todos.

Complementariedad internacional

 

La experiencia de esta década nos muestra claramente que el Vivir Bien no es posible a nivel de un solo país en el marco de una economía mundial capitalista, productivista, patriarcal y antropocéntrica. Un elemento clave para que avance y prospere esta visión es su articulación y complementariedad con otros procesos semejantes a nivel de otros países. Este proceso no se puede limitar a la promoción de procesos de integración que no sigan las reglas del libre comercio o a la alianza meramente de estados o gobiernos. Probablemente una de las más grandes falencias de la última década fue no desarrollar alianzas de movimientos sociales e indígenas independientes de los gobiernos progresistas. Mirando hacia atrás, el movimiento antiglobalizador en Latinoamérica en vez de fortalecerse se debilitó porque no fue capaz de articular una visión del cambio propia y autónoma. Confundió sus utopías con los cálculos políticos de los gobiernos progresistas y perdió su capacidad de criticar y soñar.

Los procesos de transformación social para florecer necesitan expandirse más allá de las fronteras nacionales y llegar a los países que hoy colonizan el planeta de diferentes formas. Sin esta irradiación, hasta los centros neurálgicos del poder mundial, los procesos de cambio acaban asilándose y perdiendo vigor hasta acabar renegando de los principios y valores que una vez les dieron origen.

En esta medida, el futuro del Vivir Bien depende  de la recuperación, reconstrucción y potenciamiento de otras visiones, que con diferentes énfasis, apuntan hacia el mismo objetivo desde diferentes continentes del planeta. El Vivir Bien es sólo posible en la complementariedad y retroalimentación con otras alternativas sistémicas.

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[1] Entiéndase en el sentido de alumbramiento de una nueva vida.

[2] En Ecuador se escribe “sumak kawsay” y en Bolivia “sumaq kawsay”.

Para descargar la publicación en su versión completa pulse aquí

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