Ni siquiera el cambio climático acabará con el capitalismo

[Razmig Keucheyan, 6 de Marzo de 2014] Siempre y cuando las condiciones para la inversión y las ganancias se mantengan, el sistema se adaptará. Es por eso que necesitamos una revolución.

Las sumas gastadas por los gobiernos en las catástrofes han aumentado a niveles sin precedentes, poniendo a los presupuestos públicos en situación de riesgo.

Podría decirse que el error más importante de los movimientos revolucionarios de los años 60 y 70 fue pasar por alto la capacidad de recuperación del capitalismo. La idea – catastrofismo, como se le llama a menudo – de que el sistema iba a derrumbarse bajo la presión de sus propias contradicciones, que la burguesía produce sus propios “sepultureros” (como Marx y Engels lo señalaron en el Manifiesto Comunista) ha sido desmentida.

Cuando la tasa de ganancia comenzó a mostrar signos de deterioro en la primera mitad de los años 70, se terminaron las políticas redistributivas realizadas después de la Segunda Guerra Mundial y se puso en marcha la revolución neoliberal.

Esta capacidad de adaptación del capitalismo tiene poco que ver con la inteligencia o la visión de futuro de las clases dominantes. De hecho, ellas pueden seguir cometiendo errores – sin embargo, el capitalismo sigue prosperando. ¿Por qué?

El capitalismo ha creado un mundo de gran complejidad desde su nacimiento. Sin embargo, en su núcleo, se basa en un conjunto de mecanismos simples que pueden adaptarse fácilmente a la adversidad. Se trata de una especie de “gramática generativa” en el sentido de Noam Chomsky: un conjunto finito de reglas puede generar una infinidad de resultados.

El contexto actual es muy diferente de la de los años 60 y 70. La izquierda mundial, sin embargo, nuevamente está en peligro de cometer el mismo error, de subestimar el capitalismo. El Catastrofismo, esta vez, toma la forma de poner la fe en un nuevo objeto: el cambio climático, y en general, en la crisis ecológica.

Existe la preocupante creencia generalizada en los círculos de izquierda que el capitalismo no va a sobrevivir a la crisis ambiental. El sistema, según esta narrativa, ha llegado a sus límites absolutos: sin recursos naturales – sin petróleo, entre otros – el capitalismo no puede funcionar, estos recursos se están agotando rápidamente, el creciente número de desastres ecológicos aumentará el costo del mantenimiento de las infraestructuras a niveles insostenible, y el impacto del cambio climático sobre los precios de los alimentos provocará disturbios que harán a las sociedades ingobernables.

La belleza del catastrofismo, hoy como en el pasado, es que si el sistema se va a derrumbar bajo el peso de sus propias contradicciones, la debilidad de la izquierda deja de ser un problema. El fin del capitalismo adopta la forma de suicidio en lugar de asesinato. Así que la ausencia de un asesino – es decir, un movimiento revolucionario organizado – en realidad no importa más.

Pero la izquierda estaría mejor si aprendiera de sus errores del pasado. El capitalismo podría ser capaz no sólo de adaptarse al cambio climático, sino de sacar provecho del mismo. Uno escucha que el sistema capitalista se enfrenta a una doble crisis: la económica que comenzó en 2008, y otra ecológica, lo que hace la situación doblemente peligrosa. Pero una crisis a veces puede servir para resolver otra.

El capitalismo está respondiendo al reto de la crisis ecológica con dos de sus armas favoritas: la financiarización y la militarización. En tiempos de crisis, por ejemplo, los mercados requieren que los salarios sean recortados pero al mismo tiempo que la gente sigua consumiendo. Abrir el flujo de crédito permite la reconciliación de estas dos demandas contradictorias – por lo menos hasta la próxima crisis financiera.

Como Costas Lapavitsas ha demostrado recientemente, las finanzas han penetrado en todos los rincones de nuestra vida cotidiana: vivienda, salud, educación, e incluso la naturaleza. Los mercados de carbono, el clima o los derivados de la biodiversidad, los bonos de catástrofe, entre otros, pertenecen a una nueva variedad de productos “de financiarización del medio ambiente”. Cada uno tiene su propia manera de funcionamiento, pero su propósito general es aliviar o difundir los crecientes costos del cambio climático y la sobreexplotación del medio ambiente.

Por ejemplo, los bonos de catástrofe – o “cat bonds” – no están vinculados a la inversión futura, como los bonos tradicionales de un gobierno o del sector privado, sino a una posible ocurrencia de catástrofe, por ejemplo, un terremoto en Japón, o las contínuas inundaciones en el Reino Unido, cuyo costo para el sector de los seguros se estima en unos 3 mil millones de libras esterlinas. Un gobierno emite un “bono de catástrofe” para reunir fondos, a cambio, se paga una tasa de interés atractiva para los inversores. Si se produce una catástrofe, el gobierno mantiene el dinero para reconstruir las infraestructuras o compensar a las víctimas. Si no es así, los inversores finalmente obtienen su dinero de vuelta (y se quedan con los intereses).

Con el creciente número de desastres naturales debido al cambio climático, las sumas gastadas por los gobiernos en la gestión de la catástrofe se han elevado a niveles sin precedentes. En algunas regiones, esto ha puesto en peligro los presupuestos públicos. La financiarización de los seguros contra catástrofes se supone que deberían mantener los presupuestos equilibrados. Queda por ver si esta es una respuesta sostenible a la amenaza. Pero, desde el punto de vista del sistema, es una muy buena.

Con la financiarización viene la segunda respuesta capitalista a la crisis ecológica: la militarización. Desde la segunda mitad de la década pasada, los principales ejércitos del mundo han publicado informes detallados sobre las consecuencias militares del cambio climático. Entre los diferentes sectores de las clases dominantes, el ejército es el que asume más seriamente la crisis ambiental – el medio ambiente es un parámetro crucial para iniciar una guerra. En “De la guerra” de Clausewitz, el mejor tratado militar nunca antes escrito, se explica la importancia del ” terreno”. Así y en esta medida, los parámetros ambientales comienzan a cambiar en gran medida las acciones de los militares.

Un informe publicado en los EE.UU. en 2007, titulado Seguridad Nacional y la amenaza del cambio climático – elaborado por, entre otros, 11 almirantes de tres y cuatro estrellas y generales – define el cambio climático como un “multiplicador de amenazas”, que intensificará amenazas existentes. Por ejemplo, debido al mayor debilitamiento de los “Estados fallidos” será más fácil para los terroristas encontrar refugio en sus territorios. O, debido a la migración climática, se desestabilizarán las regiones en las que los migrantes llegan y se exacerbarán los conflictos étnicos. El ejército de EE.UU., el informe concluye, debe adaptar sus tácticas y equipos a un entorno cambiante.

Al igual que la financiarización, la militarización trata de reducir el riesgo y crear un entorno físico y social favorable a la acumulación capitalista. Son una especie de “anticuerpo” que el sistema segrega cuando una amenaza se cierne. Esto no significa necesariamente la adopción de medidas duras del tipo descrito por Naomi Klein en su libro La Doctrina del Shock: es un proceso más gradual que tiene lugar paulatinamente de todos los aspectos de la vida social.

Nada en la lógica del sistema hará que este desaparezca. Un mundo de desolación ambiental y el conflicto van a trabajar para el capitalismo, siempre y cuando se garanticen las condiciones para la inversión y el beneficio. Y, para esto, una buena jubilación y los militares están listos para servir. La construcción de un movimiento revolucionario que pondrá fin a esta lógica demente, por tanto, no solo es una opción. Porque aun si el sistema puede seguir existiendo, no significa que también sobrevivirán las vidas que merecen vivir.

Fuente: The Guardian (en inglés). Traducción propia.