Espejos e interrogantes desde el Parque Isiboro Sécure

Elizabeth Peredo Beltrán*, Agosto de 2011

Las voces que crecen en torno de la construcción de la carretera del TIPNIS han colocado una importante tensión en el proceso iniciado hace unos años en el país. Recordemos que todo esto empezó con un cuestionamiento abierto al neoliberalismo y al colonialismo. Se inició tal vez con la 7ma Marcha indígena por Tierra, Territorio y Dignidad y por una nueva Constitución en 1990, colocando como una de las piedras fundacionales la legitimidad de los derechos de los pueblos indígenas y la necesidad de un nuevo pacto social. La Guerra del Agua de 2000, las jornadas de Febrero y Octubre 2003 fueron igualmente momentos fundacionales de una narrativa articulada a la defensa de la vida que sentaron bases fundamentales para salir del letargo neoliberal.

Con esas agendas diversas la Asamblea Nacional Constituyente incluyó el principio del “Vivir Bien”, el “Suma Qamaña” planteando -al menos intuitivamente- de que el desarrollismo, el extractivismo y la lógica del capital no son los caminos para construir un país soberano que pueda brindar una inspiración a los pueblos del mundo en la transformación urgente y necesaria que se requiere en el planeta.

A estas alturas, debemos hacer una pausa. Una pausa para mirar el camino recorrido y hacer un balance. Debemos hablar del proceso, no sólo del gobierno; aunque éste haya optado por banalizar los atisbos de crítica de la sociedad y ha distorsionado lo que debería ser más bien una práctica de debate amplio honrando la tradición de su propio origen-. Hoy, debemos pues encarar la mirada al espejo y tomar consciencia de a dónde vamos y en lo que estamos convirtiéndonos.

El TIPNIS es una herida que nos duele. Y nos duele más porque estamos reaccionando tarde, cuando ya los tramos están avanzados y sólo queda la “rayita” del tres en raya; aquella que marca una triste victoria y confina finalmente ese territorio a ser carcomido dejando sangrar la selva, el cuerpo de la Madre Tierra.

El TIPNIS, no solo es una problemática territorial, es un tema nacional y de la mayor trascendencia pues tiene que ver con qué tipo de país queremos construir, qué tipo de integración nacional y regional aspiramos, cómo debemos concebir los proyectos de desarrollo, cómo la infraestructura debe ayudar a cumplir las deudas del estado con los más pobres pero -al mismo tiempo- mantener y restaurar los equilibrios con la naturaleza, cuál debería ser la relación con el gran capital que parece ahora cuestionar los preceptos de la Constitución. De hecho, el contrato con la empresa OAS y el financiamiento del BNDES ya está acordado, aún antes de proceder a la consulta previa establecida en la Constitución, el Convenio 169 de la OIT y la Declaración de los Derechos de los Pueblos Indígenas de la ONU suscrito por el estado boliviano. Es importante anotar además que esta carretera que avanza implacable, se ha gestado de manera casi paralela a la evolución de la narrativa boliviana del clima y a pesar de que Bolivia auspició la tan mentada Conferencia de los Pueblos contra el Cambio Climático y los Derechos de la Madre Tierra en 2010 en la que se establecieron las bases de los Derechos de la Naturaleza. Es decir que estamos ante un caso que devela el corazón mismo del Estado nacional.

Y no tenemos las bases de debate y reflexión colectiva que permita aclarar las incógnitas abiertas. Estamos pagando la factura de haber evitado el debate amplio, sincero sobre estos temas y por lo tanto haber debilitado la capacidad colectiva de crítica, reflexión, diálogo e interpelación al sistema que caracterizó la sociedad boliviana hasta 2007. ¿Será que hemos creído ingenuamente que el poder tiene otras virtudes cuando está vestido del ropaje indígena y popular? ¿Será que hemos cedido a una dinámica patriarcal, dejando que el silencio se convierta en el síntoma? El debate sobre el desarrollismo no se está dando en Bolivia en la magnitud que requiere y no estaba tampoco instalado en las épicas jornadas que dieron lugar a la nueva Constitución. Esto se expresa hoy en la conflictiva situación causada por la arbitraria decisión estatal de la construcción de la carretera del TIPNIS.

Cada vez es un desafío mayor el articular los consensos necesarios. Aunque los movimientos indígenas que encabezan su defensa mantienen con valentía y autenticidad los principios de cuidar a la Madre Tierra y preservar su territorio y biodiversidad y por tanto recuperan un amplio sentimiento nacional de preservar el Territorio Indígena y Parque Nacional Isiboro Sécure, el pliego de la CIDOB incorpora en alguno de sus puntos la demanda del pago por los servicios ambientales. Y ese es un tema delicado que puede quebrar su coherencia, porque tiene que ver precisamente con el conflicto global de someter el cuidado de la naturaleza a la lógica del mercado impulsada por la economía verde.

Es una tensión global en la que debemos asumir un posicionamiento. Y debemos extender las interrogantes hacia el tema del “desarrollo”, el cuidado de la naturaleza y su relación con la sobrevivencia humana en el planeta. ¿Dónde nos colocamos en este gran debate? ¿Cuál es el proyecto de país para “armonizar” estas dos claves importantísimas construidas desde el sur: el derecho al desarrollo y el equilibrio con la naturaleza? ¿Qué entendemos por desarrollo? ¿Desarrollo para quiénes? Cómo brindamos una alternativa distinta al “desarrollo” depredador concebido en beneficio de las élites y los poderosos? Cómo contraponemos una práctica cultural de cuidado de la naturaleza en el campo y también en la ciudad –no lo olvidemos-, a una visión de mercantilización del cuidado de la misma? ¿Cómo hacemos para defender nuestro territorio no sólo de “mega” carreteras, sino también de “mega” represas, de “mega” proyectos, “mega” negocios y “mega” expectativas que con su tamaño empequeñecen cualquier atisbo de vida sencilla y sostenible que podría muy bien concebirse con mayor humildad y consecuencia con la retórica que se ha desarrollado?

Siempre hemos dicho que es bueno soñar y luchar por una nueva sociedad. Quizá una forma de reencontrarnos en ese camino sería encarar con la dulzura que requiere la Pachamama este desafío complejo de un mundo que se despeña hacia la destrucción recuperando lo que se mantiene a pesar de los pesares: la intuición y las prácticas cotidianas por el cuidado de la vida.

No dejemos que el silencio[1] sea cómplice, no caigamos en la trampa de querer ver la esquina bien terminada, sin mirar la esencia de las cosas que puede estarse evaporando detrás de los muros del éxito aparente. Ahora queda escucharnos entre nosotros y nosotras. Enfrentar el reflejo de los espejos y actuar. Para algunos significará quitarse de encima los fantasmas de la confabulación y asumir la responsabilidad de aportar a la sociedad con consecuencia; cuidando, sanando y respetando la Madre Tierra que, por cierto, es Madre Soltera.

* Elizabeth Peredo es Psicóloga Social, investigadora y escritora, activista feminista y por la ecología, la cultura y contra el racismo.

[1] Silencio por imposición patriarcal, violento, pacto que demanda sumisión y dolor acallado. Silencio que entierra el dolor y la rebelión.

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